domingo, 5 de septiembre de 2010

Enamorada y cautivada

Por qué soy tan propensa a enamorarme de todo lo que me rodea, por qué el mundo desaparece cuando me veo cautivada, sera porque uno de los primeros regalos que recibí fue un perfume de Chanel, o por las tardes de primavera húmeda con florecillas de damasco y ciruelo desparramadas en el barro, tal vez por las camas de hojas secas que dejaba el otoño en las que me acostaba segundos que eran eternidades fuera de aquí, o por los camionsitos de colores que llevaban ejercitos de seres imaginados en tardes de soledad, o los dulces preparados en el frio familiar de la casa de al lado, quizás por los fantasmas que se escondían entre las cortinas y entre las plantas que solo dejaban ver machones de tiza en días grises, tal vez por los tesoros prometidos que no se comparaban al oro que bañaba las monedas de chocolate, o los animales que se perdían en una ciudad equivocada, o los vestidos con flores y tejidos, los zapatitos de charol, los culumpios que confundían el vuelo con el vuelo de encaje en las calcetas, puede ser los montones de libros en las repizas con titulos de amantes, o también las tardes de televisión calida, las cintas de razo que atrapaban mi cabello, las mariposas que traían visitas de mi abuelo, las ramas deseosas de las nubes, las revistas en idiomas, la ropa con historias, los armarios encantados con espejos incomprensibles, los cuadros mentirosos, la música graciosa, los cielos anaranjados con tierra que caía de ellos, las buenos días y sus primas las buenas tardes, los zapatos de niño que me acompañaban a buscar leones y elefantes en el Amazona, los magos de obvia irrealidad, las peliculas que después de 10 años vine a comprender y a apreciar, las radios que no eran tragamonedas, las reliquias hechas por nosotras con botones plasticos o tal vez la casita de troncos tuvo algo que ver, o el hombre que se la llevo dejando un rastro de tazitas y platos sin sentido, quizas las ausencias que hasta hoy no tienen razón, las palabras y gritos que enmudecen, las caidas sin socorros de rey, las millonarias promesas baratas o la isla de madera que creamos que comenzó a navegar en un mar de lagrimas y maldiciones que poco a poco se convierte en lo que siempre rezamos. Me volví a enamorar de las palabras sin sacrificar una muñeca de porcelana.




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